WASHINGTON (Enviado especial).- Hipólito Chávez es salvadoreño. Integra la comunidad latina más numerosa pero dispersa en Washington y sus alrededores. No hay ninguna organización importante que los reúna y cense. Esta situación se origina en que muchos (no él, se apura a aclarar que tiene ya 11 años en los Estados Unidos) son ilegales y no quieren aparecer en ningún registro.

Chávez trabaja en limpieza en el shopping Fashion Center. Como tantos de los trabajadores de habla española, lo suyo son las tareas manuales. Como los otros, no es ciudadano, y no pudo ejercer el derecho al voto. Como muchos, no sabe qué hubiese hecho, porque se debatía entre la incertidumbre de una victoria republicana y la falta de realizaciones de las promesas demócratas. "Barack Obama hizo poco, casi nada. Es cierto que están los cambios en salud (NdelaR: ampliación de la cobertura gratuita en los hospitales), pero no alcanza. Los otros (por los republicanos) tienen varios candidatos latinos y aseguran que, si ganan, todo va a mejorar, pero no sé", desliza.

Esta desazón se reprodujo en amplios sectores de la sociedad. El discurso opositor presentó a estos comicios como una oportunidad histórica por la renovación parlamentaria de trascendencia (la totalidad de la Cámara Baja y un tercio del Senado).

Pero el mensaje no hizo carne entre los centroamericanos, que se dedican prioritariamente a labores de mantenimiento, en restaurantes (no de atención sino en la cocina) y en la construcción. La gran mayoría pide reserva de su nombre y casi ninguno da su apellido, como pasó con Juan, en el autoservice del comedor de un museo. Llegó hace 24 años de El Salvador; no se conoce con Hipólito y aclara que lo único que quiere es trabajar tranquilo.

Carlos Ramírez comparte el origen con los otros dos, pero tampoco los ubica. Portero de un hotel céntrico, con uniforme azul obligado, arremete preguntando qué va a pasar de la Argentina sin Néstor Kirchner para luego describir lo que ocurre en EEUU: "este Presidente tiene más problemas entre su propia gente que con los republicanos".

No son pocos los que piensan lo mismo, a tenor de las dificultades que enfrentó en las filas demócratas que le obligaron a recortar su ambicioso programa de reforma de la salud y le impidieron avanzar con cambios fiscales. A Félix -también salvadoreño y compañero de Ramírez en el mismo hotel- lo deslumbra Leonel Messi y lamenta que Diego Maradona lo haya hecho jugar tan atrás en el mundial de Sudáfrica. "Debería haberse ubicado como en el Barcelona", sostiene. A la hora de evaluar la situación local, considera que será igual gane quien gane. "Para nosotros, no va a cambiar nada", dice con tono de lamento por las promesas incumplidas relacionadas con la inmigración.

Leyes migratorias
Este es un punto central para Raúl, que es guatemalteco e integra la numerosa cuadrilla de obreros que arreglan la explanada del Capitolio, donde abunda el español. Llegó hace apenas tres años de su país, huyendo de la pobreza y con más de 40 años en sus espaldas. "Cambió mucho con Obama", destaca, pero reconoce que sus amigos tienen miedo por el endurecimiento de las leyes inmigratorias, porque no todos tienen sus papeles en regla. El mismo no aclara su situación, pero guarda su apellido como un preciado secreto.

Todos los años, desde hace ya varios, Florentino Ramírez pasa seis meses trabajando en la reposición de artículos en una céntrica tienda de souvenirs. Luego vuelve a México, desde donde es oriundo. Puede estar sin problemas gracias al permiso de su contrato laboral a término, pero está cansado. "Esto no es vida; sólo trabajás sin ver nunca a tu familia", remarca, y admite estar decepcionado con Obama.

Los centroamericanos son la mano de obra estadounidense. Si bien aún hay varios estadounidenses dedicados a la construcción, su participación desciende. Los latinos de América del Sur, en cambio, lucen trajes oscuros y se dedican a los negocios financieros u ocupan cargos diplomáticos (especialmente colombianos y chilenos), donde las manos no se ensucian tanto.

Los empleados de raza negra (segunda población de esta capital) están abocados mayoritariamente a la atención en los negocios y a la seguridad.

Un ejemplo de la distribución laboral se refleja en las áreas de servicios: en los hoteles, la atención en el mostrador está a cargo de personas de raza negra, mientras que en el buffet se multiplican los latinos.

El espacio que cada uno ocupa no es rígido, sino que las fronteras se amplían o retroceden en función de situaciones especiales. Pero hay algo claro: el estadounidense siempre intentará mantener un halo de superioridad imperial, que se evidencia desde su mirada.